Cuando hacemos las cosas mal, la mayoría de nosotros lo ocultamos y nos alejamos de la iglesia por temor a que nos juzguen. Pero es en esos momentos que debemos recordar que Jesús nunca fue legalista, ni juzgó a la gente; Él tocaba a los leprosos, defendía a las adúlteras, hablaba con samaritanos y tenía fiestas con recaudadores de impuestos. No importa si hemos fallado, Él ve la mejor parte de cada uno de nosotros -por más escandalosa que sea nuestra vida- y nos envuelve con Su gracia. La iglesia debe ser un hospital de almas, el lugar en donde la gente admite que ha caído, que está rota, y no el lugar en donde pretendemos que somos muy santos y espirituales.
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