¿Cuántos de nosotros nos hemos pasado la vida fingiendo para agradarle a nuestros padres, a nuestros jefes o a nuestros cónyuges? Construimos fachadas, robamos una identidad para obtener bendiciones que no nos corresponden, como hizo Jacob al suplantar a su hermano Esaú para ganar la bendición del primogénito. Pero el Señor no bendice lo que no somos; después del engaño, Jacob pasó 21 años exiliado del su hogar. Recordemos que el Señor nos ama tal como somos ahora, con nuestras virtudes y nuestros defectos y esa realidad es la que Dios quiere bendecir.
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