A veces, caminamos de prisa rumbo a la iglesia para asistir a la reunión, cumplir con el ritual, recitar nuestro credo y dar nuestra ofrenda; pero nos olvidamos de aquel al que vimos sufrir en el camino. Nuestros ojos dejan de ver al necesitado porque están ocupados contando hierbitas. Recordemos que la misericordia es el epicentro del mensaje divino. Unas manos sucias por ayudar al prójimo son la mejor ofrenda para el Señor. ¡El verdadero servicio a Dios ocurre al borde del camino y no dentro de las paredes de la iglesia!
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