Hoy estaremos leyendo Daniel 3-4, 2 Pedro 3 y Proverbios 22:1-10. En Daniel 3 y 4, vemos dos de las historias más impactantes sobre el poder y la soberanía de Dios en medio de reinos humanos llenos de orgullo. En el capítulo 3, Nabucodonosor ordena que todos se inclinen ante una estatua gigante. Pero Sadrac, Mesac y Abed-nego se niegan. Ante la amenaza del horno de fuego, ellos responden con una fe inquebrantable: “Nuestro Dios puede librarnos… pero aun si no lo hace, no serviremos a tus dioses.” El rey los arroja al fuego, pero un cuarto hombre aparece junto a ellos—uno “con apariencia de hijo de los dioses.” Dios no evitó el horno, pero entró en él con ellos.En el capítulo 4, Nabucodonosor tiene un sueño que Daniel interpreta: el rey será humillado hasta reconocer que “el Altísimo gobierna sobre el reino de los hombres.” Así sucede: pierde la cordura, vive como un animal, y solo recupera su reino cuando levanta los ojos al cielo. Al final declara: “Dios puede humillar a los que caminan con orgullo.” Reflexiona: ¿Estás dispuesto a honrar a Dios incluso si te cuesta? ¿Has reconocido que todo lo que tienes proviene de Él y no de tu mérito?
En 2 Pedro 3, el apóstol responde a quienes se burlaban diciendo que Cristo no volvería. Pedro recuerda que Dios no retarda la promesa por incapacidad, sino por paciencia: “Él no quiere que nadie perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” El día del Señor llegará como ladrón, y todo lo temporal será destruido. Por eso, la pregunta central del capítulo es: “¿Qué clase de personas deben ser ustedes?” Pedro nos llama a vivir en santidad, esperanza y vigilancia. También afirma que las Escrituras, incluyendo las cartas de Pablo, son inspiradas y deben manejarse con responsabilidad espiritual. Reflexiona: ¿Estás viviendo como alguien que espera el regreso de Cristo? ¿Tus prioridades reflejan eternidad o solo lo temporal?
En Proverbios 22:1–10, el proverbista recuerda que un buen nombre vale más que las riquezas. La reputación, la integridad y el favor de Dios son tesoros más grandes que el oro. También dice: “El prudente ve el peligro y lo evita; el insensato sigue adelante y sufre las consecuencias.” La sabiduría se anticipa, la necedad reacciona tarde. El proverbio también enseña que los niños deben ser formados desde temprano, y que el que siembra maldad cosechará aflicción. Finalmente, declara: “El generoso será bendecido, porque comparte su pan con el pobre.”
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